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Al oeste suceden cosas terribles y cosas mágicas. Es lo bueno de los lugares poco explorados y casi vírgenes, opacos tal vez en el imaginario de todos. El oeste es sinónimo de oportunidades; ni mejor ni peor que otras tierras y parajes, solamente distinto. Desde la ciudad se ve lejano y salvaje, algunas personas lo ven como algo místico, otras como algo prehistórico y poco desarrollado: todas tienen razón.

Para quienes vivimos y co-creamos al oeste, la tierra tiene un sinfín de connotaciones más allá de darnos comida y refugio. Nos sentimos uno y libres con el viento que recorre estas cordilleras intrincadas y furiosas, en los ríos desnudos y congelados donde mojamos nuestros dedos ateridos de frío y nostalgia (porque el sol tarda más en llegar). Nosotros decimos que el sol viaja despacio al oeste porque aquí no se corren prisas, ni nadie vino tarde a buscarnos, ni nada es mejor que hoy, ni siquiera mañana. Y aunque sabemos que es perezoso y afable y servil hacia los que están más cerca, al otro lado, nuestra decisión es quedarnos aquí a consumir el resto de nuestra vida.

Aquí respiramos profundamente cada pocos segundos, entre otras razones porque al aire es tan puro que nos invita a vivir la vida con pureza y resiliencia y no con pereza y obligación; y porque crear forma parte de nosotros : aquí no había nada cuando llegamos, y es probable que nada haya cuando nos hayamos ido.

La tierra, el aire y la mar de los que estamos hechos y en los que nos fundimos cada día de nuestra existencia nos obligan a crear, a generar ideas, a condensar textos, replicar canciones y explorar fotografías como si la tentación de dejar de ser nosotros mismos se resolviera creando una nueva versión diferente y mejor que sirve para honrar a los que están, a los que estuvieron y el intenso fragor que nos rodea. Todo es posible para quien a nada aspira, tal vez sea la razón por la que somos casi invisibles para el mundo, pero esenciales para la vida. Y así nos gusta seguir siendo.

Al oeste todo es posible si lo imaginas.