¡Eh, petrel! (Julio Villar)

Las vidas de unos son la inspiración para los otros. Algunas vidas sobresalen y llevan a preguntarnos de qué está hecha una persona capaz de embarcarse en semejante aventura. Julio Villar es uno de ellos. Hoy tiene 78 años, hace 53 años que se escribió este libro (y digo se escribió porque Luis bien podía haber narrado las 10.000 aventuras y desventuras que le ocurrieron en un viaje imposible que duró 4 años. Pero el resultado es otra cosa). Hay libros que en su sencillez alcanzan la perfección. No hace falta ser artífice del último gran avance de la humanidad para demostrarlo. Julio Villar podría habernos deslumbrado narrando sus epopeyas en su vuelta al mundo en solitario en uno de los barcos mas pequeños que lo habían hecho hasta el momento.

"Antes, había vagabundeado por Europa haciendo autostop y durante años había vivido entregado a la montaña. Pirineos, Picos de Europa, Alpes, Dolomitas, eran mi casa, eran mi universo; los horizontes de mi vida no eran otros que los horizontes de mis montañas. La idea de dar la vuelta al mundo surgió a raíz de un grave accidente de escalada. Ocurrió en la arista de Peuterey, en el Mont-Blanc, a la altura de la brecha de las Damas Inglesas, a casi 4.000 metros de altura. Pasé dos días y dos noches colgado de la roca con una doble fractura abierta de tibia y peroné. Mis compañeros y un helicóptero me salvaron la vida.

Después de 15 meses de inactividad, pasados entre escayolas y ¡operaciones, quedé de nuevo en libertad; sólo cuatro meses más tarde comenzaría mi viaje. Tenia entonces 25 años. Antes nunca había navegado ni nada sabía de las cosas del mar. Todo lo que sé, lo he aprendido solo.


Mi barco mide 7 metros de eslora y pesa un poco más de 1.200 kilos. Fabricado en serie, no está preparado en principio más que para hacer pequeñas travesías.

Salí de Barcelona en abril de 1968 y navegando de puerto en puerto por el Mediterráneo me llegué a Marruecos y luego a las Canarias. Después crucé el Atlántico, en 34 días.

Pasé varios meses en las Antillas y luego a través del mar Caribe llequé a Panamá, por donde entré en el Pacífico.

Galápagos, Marquesas, Tuamotu, Tahití, islas de Sotavento, Coock, Nuevas Hébridas, Fidjt, Nueva Zelanda, Nueva Guinea y las islas del estrecho de Torres en el mar de Coral llenaron de vivencias extraordinarias dos años y medio de mi vida.

Norte de Australia, mar de Arafura, mar de Timor, océano Índico, islas Chagos, Madagascar, Mozambique, Africa del Sur, Cabo de Buena Esperanza, isla de Santa Helena, nordeste de Brasil completaron el itinerario de este periplo, que terminó en el verano de 1972 en el puerto de Lequettio después de una última travesía de 61 dias desde el puerto brasilero Cabedello, en la Parayba.

Pero Julio Villar prefiere hablar de otra cosa.

El alma de una persona se infla en soledad, unas veces con sentimientos agradables y hermosos, en cambio otras, con pesar y mucho dolor. Y esto en medio de la civilización, y su ruido, y sus prisas, y sus metas. ¿Qué no es capaz de despertar en nuestro alma la infinita soledad de un desierto o un océano? ¿Quien se atreve a enfrentarse a las mil caras ocultas de uno mismo, con sus rencores, sus deseos, sus malentendidos , sus culpas y reproches…? Un marinero navegando solo alrededor del mundo durante 4 años, ¿qué demonios y qué dioses no puede despertar?

Los científicos han demostrado que el universo está acelerando la expansión de su energía esencial (materia negra la llaman) que provoca que se infle como un globo. Los planetas y las estrellas y todo lo que contiene es como si fuese la goma de la superficie de este globo, y el aire de dentro —invisible— es el que da forma y lo expansiona. Nosotros también estamos hechos de esa materia invisible. Yo me pregunto, ¿cómo afecta esta expansión en el en el alma de una persona? Forzosamente el aire, la energía de este globo que también somos nosotros, nos hará expandirnos, como parte de la corteza. Siendo así no podemos negar que nuestra naturaleza es expansiva. Llevamos dentro buscar nuevos límites. Nos hace ser viajeros. Tal vez sea este el impulso que a través de Luis dictó estos textos, este libro.

En realidad leyendo este libro te das cuenta que el viaje no es hacia el mundo, sino al interior de uno mismo.

Mi barco ha recorrido en cuatro años y medio unas 38.000 millas marinas, es decir, el equivalente a algo más de una vuelta y media a la tierra. Mistral es una de las embarcaciones más ligeras que hayan dado la vuelta al mundo. Tal vez la más ligera.

Durante mi viaje he trabajado en los puertos, pues salí sin dinero. He encontrado gente muy hospitalaria que me ha ayudado muchas veces.

He vivido en islas y países donde la vida era fácil y la naturaleza pródiga en recursos. Desde Panamá hasta Tahití, en nueve meses de vagabundeo, vivi prácticamente sin dinero. Estos años están llenos de momentos casi inverosímiles pero deliciosamente reales.

Este libro es el relato sincero y auténtico de muchas de las alegrías y de las tristezas de mi viaje. Este libro es un reflejo de mi alma.


Será ya de madrugada. Lo digo porque mi luna ha recorrido ya mas de medio cielo. Me iba a acostar, y no sé por qué, al entrar en la cabina, he puesto la radio. ¿Será que no quiero dormir todavía? Porque la verdad es que no creo que tenga hoy la necesidad de saber lo que ocurre entre los hombres. En esta isla desierta, con sus iguanas, sus chumberas y su luna, me siento bien y no tengo añoranzas de lo que pasa en otros lugares del planeta.

Hablan de la Luna. Una radio repite la noticia. Lo hace dando gritos excitados, peor que un charlatán de feria. Me cuesta entender, me resisto a creer lo que está diciendo.

Apolo ha llegado a la Luna. Por primera vez en la historia, el hombre llega a su satélite. Y por si esto fuera poco, filma sus evoluciones por allá y las transmite en directo a las televisiones de la Tierra.

Apago. No puedo comprender. Mejor hubiera hecho de no ponerla…. esa radio maldita.

Salgo de la oscuridad de mi cabina y miro a esa Luna, que ya no es la misma de antes... la mía... la que yo he mirado toda esta noche hasta la madrugada… No es ésa, no. Algo me duele. Quiero llorar.

¿Qué te han hecho, Luna? ¿Por qué?


Silencio. Silencio. Soledad. Y luna grande, blanca, femenina,. Tristeza.

El barco avanza en silencio pálidas, llenas de luz de luna.

Hoy, esta noche, en estos momentos, hay un equilibrio de amor y de silencios cantarines en mi alma.

Hoy me siento un niño y no siento ningún cansancio de mi caminar por la vida. No siento ningún estremecimiento al mirar lo que serán mis pecados dentro de cien siglos.

Nada me falta, no hay nostalgias en mi alma, ni dolores en mis recuerdos, ni aprensiones en mis visiones del mañana.

Quisiera que siempre como ahora me bastara con mi presente, sin grandes vanidades, ni especulaciones de futuros, ni ambiciones mezquinas, ni hambres innecesarias.

Noche magnifica, que dueles, que emocionas, que humedeces mis ojos, que paseas por mi unos estremecimientos de placer que me hacen reír y respirar extrañamente.

Noche magnífica, magnifica…. que no me dejas dormir.


La tarde la he pasado sin hacer absolutamente nada. Nada de nada. He escuchado, sin darme cuenta que estaba escuchando. el ruido que hace el agua al frotarse contra la carena de mi barco. Y cuando el sol se ha ocultado, he hablado con un amigo y le he escrito una carta, pero sin lápiz ni papel, pues era una carta mental. Y le he contado un montón de pequeñas cosas.

Si, hoy, una vez más, la jornada se ha pasado sin que yo haya contribuido al progreso de la humanidad. Y lo que es maravilloso es que por ello no siento ningún remordimiento.

Dios, silencio, quiero, quieto, quieto.

Yo, yo, yo.

Eternidad, etenrnidad.

Sol masculino.

Diosas femeninas.

Nadar, nadar.

Dios

Dios, silencio, quiero, quieto, quieto.

Yo, yo, yo.

Eternidad, etenrnidad.

Sol masculino.

Diosas femeninas.

Nadar, nadar.

Dios

En semanas y semanas no he oido más que esto: dos pájaros tropicales que silbaban, un grupo de cachalotes que se hablaban entre sí, y un carguero que dejaba escapar el apagado sonido de sus máquinas.

Me gusta este silencio tan prolongado. Estos pocos sonidos espaciados por semanas y semanas entre sí me lo valoran. Si volviera ahora, de golpe, a una ciudad, me volvería seguramente loco al oír los ruidos, el trepidar de las máquinas y las jaurías de motores, las mil voces y avisos, y los gritos y las carreras y los insultos y los hablares sin sentido.

Estoy borracho de mar, y de viento, y mi alma está llena de azul.

El barco navega sin descanso, con sus velas llenas de reflejos de luz, remontando las olas, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, como un potro testarudo e incansable, hijo de un dios, que trota por el mar.

Yo soy su jinete, y me embriago del aire que respiran los dioses y me embriago de viejas libertades hoy en día asesinadas.

¡El tiempo no existe!

Por las noches, fuera, mirando el cielo estrellado, grito:

¡Agrux! ¡Spica! ¡Alpheratz!

Todo se acumula. Hace una semana que raciono mis víveres, y muy seriamente. En una travesía fácil en la que pudiera dormir y en la que los buenos tiempos me permitieran ahorrar mis energías, la cosa no me inquietaría demasiado. Sé algo de las posibilidades del cuerpo y no ignoro el aguante asombroso de un hombre que ayuna. Pero aquí, sin dormir, mojado siempre, zarandeado por las olas, con los nervios en constante tensión, sé que estoy viviendo de mis reservas hace ya bastantes días.

Como arroz y bebo té... nada más. O poco más. Sé que con arroz y té no se puede mantener un ritmo de vida como el que estoy llevando.

Me quedan dos pequeñas latas de foie-gras que guardo como reserva, caso de que Durban no se me presente bien antes de dos o tres días. Pero no hay en estas ‹reservas», ninguna solución a mis problemas. Simple ilusión.

De hecho, cada vez tengo que forzarme para tragar mi comida, y mis miserables colaciones de arroz blanco transcurren lentas y bien tristes.

Aprovecho las calmas para leer.

Leo.

Este año han nacido en la tierra más hombres que los que podían nacer en un siglo entero en tiempos de Jesucristo.

Este año las grandes potencias han acumulado más armas atómicas de las necesarias para destruir, no la humanidad entera, sino nuestro planeta.

En estos tiempos de ensayos atómicos, de acumulaciones de armas, de consumo exhaustivo e inconsciente de los recursos de la tierra, el hombre se convierte en el ser más improbable que existe. La especie humana está en peligro. Lo dicen alarmados los científicos. A estas alturas sólo debiera contar su supervivencia.

Me digo que un vagabundo que vuelve a la civilización con si ojos cargados por el brillo de miles de noches pasadas bajo Ias estrellas, y salta dentro de esa sociedad, se ha de sentir perdido, desfasado, perplejo.

Después de haber vivido en libertad no se ven las cosas de misma forma ni con los mismos ojos.

Cuando se ha vivido solo, en un mundo donde el hombre mostraba su cara gentil; cuando se han pasado meses y meses en la mar; cuando se han descubierto verdades en los bosques, y en las rocas, y en los gestos, y en las miradas, y cuando después se vuelve hacia los sistemas del hombre actual, uno tiene miedo, pues esas noticias monstruosas que le han llegado de vez en cuando, en el transcurso de su viaje, le han de empezar a afectar directamente.

Y hablo con mi barco como si éste fuera mi conciencia.

Y a veces este barco llega a darme contestaciones tan inteligentes que me desarman o me hacen sonreír.

La verdad es que debiera de tener vergüenza de mi mismo. Después de cuatro años de vivir el presente, siempre día a día, y a veces hora a hora, después de creer que había aprendido algo sobre mi mismo, resulta que, cada dos por tres, siento que me ahogo en el vaso de agua que son mis pensamientos.

Mistral, Mistral, me tienes que explicar muchas cosas antes de que terminemos nuestro viaje.